Sucede con frecuencia que no somos conscientes del bagaje cultural que supone el acto alimentario. De hecho, apenas nos solemos parar a pensar sobre todo el saber acumulado durante milenios en la elaboración y mejora de los alimentos. Podría ser el caso del queso, cuyo origen se sitúa en el Neolítico (hace unos 12000 años a.C) o del vino. En este último las últimas investigaciones parecen establecer una fecha de entre 8500 al 4500 a.C. Pero las evidencias materiales todavía son escasas. No obstante, un reciente estudio ha datado unos hallazgos en una fecha que ronda el 4100 a.C. La trascendencia de estos datos es muy alta pues nos indica que las sociedades de esa época controlaban aspectos muy importantes en la producción agrícola como la fermentación y la conservación.
Además de los aspectos reveladores de la tecnología de la época, hay que destacar las implicaciones culturales de la producción y el uso de aquel zumo de uva fermentado. ¿Quién producía ese vino?, ¿bajo que contexto económico?, ¿quién lo consumía y en qué circunstancias? En este caso parece que se podría corresponder con un uso ritual funerario.
Todo lo anterior nos pone de relieve, una vez más, que la comida tiene un papel mucho más allá del simplemente nutricional. De hecho son numerosas las implicaciones culturales del acto de la alimentación. Desde lo que comemos, cómo lo cocinamos, con quién lo comemos o el orden en que lo tomamos, entre otros factores. Pero un elemento fundamental es el del estatus que implica ingerir o no determinados alimentos en el seno de cada sociedad. Desde antaño las mejores viandas se reservaron para las capas más pudientes de la sociedad asociándose con la posesión de la producción. Así, se convirtieron no tanto en alimentos codiciados por su valor nutricional, sino por las nuevas connotaciones de posición social que llevaban consigo.
Hoy como ayer el consumo de vino y otros alimentos está cargado de simbolismo. Y nos continúan surgiendo preguntas:
• ¿Por qué nos gusta beber en compañía?
• ¿Por qué reservamos los vinos de calidad para compartir o para ocasiones especiales?
• ¿Por qué preferimos el envase de cristal a otros?
• ¿Tomamos uno u otro vino en función de con quien nos encontremos?
• ¿Queremos saber sobre vino únicamente por ampliar nuestro conocimiento o también por alcanzar cierto estatus?
• ¿Por qué brindamos?
Estas y muchas otras cuestiones se podrían seguir analizando, pero en última instancia está claro que pretendemos disfrutar de una bebida de origen milenario. ¡Salud!

